La entrenadora nucleica (I)

Comienza la final de remo en la modalidad de ocho con timonel femenino durante los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Seis países se disputan el podio en esta prueba con un recorrido de 2.000 metros. El silencio se rompe con el claxon de salida y las voces de las timoneles marcando el ritmo.

(Vídeo completo de la final de remo ocho con timonel femenino en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Como incluye contenido del COI, no puede reproducirse en este blog. Para visionarlo basta con pulsar "ver en YouTube" para dirigirse al canal de YouTube original.)



En los primeros metros destacan las holandesas por la calle 5, pero pronto por la calle 3 la enérgica boga de las estadounidenses las coloca en cabeza. Con cada palada, la embarcación que luce en su casco el apelativo de The Hunter, va aumentando su ventaja. En minuto y medio alcanzan los primeros 500 metros. La estilizada libúrnica norteamericana se desliza con rapidez sobre las tranquilas aguas del Parque Olímpico de Shunyi, marcando sus efímeras ocho huellas a una cadencia de 36 impulsos por minuto. 

En el ecuador de la prueba, las canadienses por la calle 2 son las más cercanas a arrebatarles el primer puesto mientras las palas siguen su coreografía, planeando sobre la superficie para atacar otro golpe de remo. Se aproximan los últimos 500 metros de la prueba y la timonel estadounidense arenga a sus remeras mientras vigila de cerca la proa de las rumanas que avanzan por la calle 4. “Estamos ahí, chicas. Lo tenemos”. 6 minutos y 5 segundos después de la salida, The Hunter atraviesa la línea de meta y se hace con la medalla de oro. Susan Francia, situada en el tercer remo de estribor, lo celebra junto a sus compañeras. Katalin Karikó, la madre de Susan, está exultante por el triunfo de su hija, aunque ella también ha logrado 6 días antes una importante victoria personal después de una travesía mucho más larga y complicada que la culminada por su hija: su artículo sobre una modificación del ARN mensajero ha sido aceptado para su publicación.

Katalin Karikó

 
Los investigadores intentaron durante más de una década desentrañar de qué manera está involucrado el ADN en la creación de proteínas. El descubrimiento del ARN mensajero se anunció en el verano de 1961 en medio de un gran entusiasmo. Si el ADN es el software, la secuencia de órdenes en forma de código, el ARN mensajero es quien lo transcribe a la maquinaria de los ribosomas, el hardware que ejecuta las órdenes para generar las proteínas. 

El interés de Katalin por este mensajero celular se remonta a principios de la década de 1980 mientras trabajaba en el Centro de Investigaciones Biológicas de la Academia de Ciencias de su Hungría natal. Estaba fascinada por el potencial del ARN para desarrollar tratamientos de modo que la transferencia de este ácido nucleico a las células de un paciente le proporcionara las instrucciones para que el organismo fabricara su propia línea de combate contra enfermedades. Para su fortuna, en la misma década se desarrolló la tecnología para que la búsqueda de su Grial particular pareciese más prometedora. En 1984 la técnica de la PCR (reacción en cadena de la polimerasa) posibilitó amplificar cadenas de ADN a partir de ínfimas muestras, lo que hacía factible emplear las cadenas de ADN como molde para producir ARN mensajero en el laboratorio. 

Un año después se traslada con su familia a Estados Unidos al aceptar un empleo en la Universidad de Temple. El oso de peluche de su hija Susan, que por entonces tenía dos años, había servido de escondite para llevarse consigo el equivalente de unos 1.000 euros tras haber vendido su coche en el mercado negro antes de salir de Hungría. Tras cuatro años de trabajo, y con una amenaza de deportación por una disputa con su jefe, se lleva sus ilusiones a la Universidad de Pensilvania. Aquí comienza a trabajar en terapias de ARN para que los trasplantes de vasos sanguíneos aumentasen su tasa de éxito. Pero la atractiva promesa del ARN mostró pronto su alma de dragón. Su aliento ardiente inducía al sistema inmune a producir una severa respuesta inflamatoria que resultaba letal en casi todos los casos.

(Continúa en la parte II)

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