Los dos errores de Theophilus Painter

En 1946 Heman Marion Sweatt solicitó el ingreso en la Universidad de Texas para cursar estudios de derecho. A pesar de su licenciatura en medicina y de cumplir todos los requisitos para su admisión, el presidente de la universidad, Theophilus Painter, denegó la solicitud por la raza del aspirante. Sweatt presentó una demanda contra Painter en la que sería una de las acciones legales precursoras contra las leyes de segregación racial en Estados Unidos.


En junio de 1950 el Tribunal Supremo falló a favor de Sweatt, que se inscribiría en la facultad en septiembre de ese año. El presidente de la universidad vio en el color de la piel una diferencia que el Alto Tribunal no pudo sostener. Este fue un error por el que Painter es conocido, pero con anterioridad cometió otro error más célebre entre los científicos.

Antes de estar al frente de la universidad, Theophilus Painter investigaba como zoólogo. En 1921 colocó en el microscopio unos finos cortes de tejido obtenidos de los testículos de dos hombres negros y uno blanco (la cuestión de la raza era una fijación para él). Enfocó los espermatocitos bajo el ocular y comenzó a contar los cromosomas que veía en cada uno: eran 24. A Painter no le extrañó el resultado. Los otros grandes primates (gorilas, chimpancés, orangutanes y bonobos) también tienen 24 cromosomas en sus células sexuales, lo que es compatible con que todos los grandes primates tuviéramos un antepasado común.

La comunidad científica no cuestionó la cifra durante más de 30 años hasta que a un citogenetista indonesio dejaron de salirle las cuentas. En 1955 Joe Hin Tjio preparó muestras de tejido empleando colchicina en solución salina. La división celular se detenía por efecto de la colchicina, quedando los cromosomas claramente formados, a la vez que la solución hipotónica los diseminaba manteniéndolos bien separados. Fue la manera en que los cromosomas miraran al objetivo, quietecitos y con una sonrisa, para conseguir una buena instantánea.

Con tan nítida imagen, y para su desesperación, sólo contaba 23 cromosomas. Volvió a contar una y otra vez, y aquellos corpúsculos púrpura continuaban arrojando tercamente el mismo número: 23. Tenía que estar equivocado porque la alternativa era peor: se desvanecía la idea del antepasado común y el equivocado sería Darwin.


Para que la teoría de la evolución no fuese cuestionada, era necesario averiguar qué había sucedido con el cromosoma que falta en los humanos. La respuesta se hizo esperar 50 años hasta que se pudieron analizar con detalle los marcadores genéticos del cromosoma número 2. En este cromosoma se hallaron vestigios de dos centrómeros cuando lo normal es que sólo exista uno, además de encontrarse telómeros en el centro del cromosoma, una anormalidad ya que estos sólo se encuentran en los extremos.

Este hallazgo solamente podía indicar que el cromosoma 2 se originó por la fusión de dos cromosomas, lo que explicaría el cromosoma de menos en humanos.



El cromosoma 2 posee las huellas palpables del proceso evolutivo que sufrió el genoma de nuestro antepasado común para dar lugar a Homo sapiens. Hasta el descubrimiento de estas evidencias, simios y humanos sufrimos la misma segregación que Theophile Painter defendía. Una diferencia cromosómica, mucho más profunda que las diferencias raciales, nos separó para volver a unirnos de manera incuestionable.


Esta entrada participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVgenética.

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