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Impresiones (II)

Emilio Segrè siempre vivía con gran emoción la llegada de una carta de Estados Unidos, y ni siquiera tenía que rebuscar entre la correspondencia del día para encontrarla. Le bastaba con encender el contador Geiger junto a la bandeja del correo para que el característico chisporroteo del aparato alertara de la presencia de la misiva. Sí, Segrè recibía cartas radiactivas.



Parecía ya muy lejano cuando, allá por 1934, acudió a la tienda del signore Tricolli, que se vanagloriaba tanto de sus conocimientos de latín como del más amplio inventario de elementos químicos, para pedirle una muestra de masurio. Tricolli le respondió: "Nunquam vidi" (Nunca lo he visto).
De los elementos que aún quedaban por descubrir, el número 43 parecía el más huidizo. Fue acumulando tantos nombres como fracasos en su descubrimiento, pues fue denominado como davio, ilmenio, lucio, moseleyo y, finalmente, masurio, todos ellos en las ocasiones en que, erróneamente, se pensaba haber dado con él. Y seguía sin…

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