Temblores

De haber nacido en un lugar sin costa, Inge hubiera querido estudiar para capitana de barco. Descendiente de una familia donde abundaban abogados, ingenieros y políticos, y que solía tener un sacerdote en cada generación, Inge Lehmann había decidido ser sismóloga en su país natal, Dinamarca, donde los terremotos son una rara avis.




Como ella misma contaba en 1987, cuando le faltaba apenas año y medio para ser centenaria, su vocación despertó sorpresivamente durante el desayuno de una mañana de domingo:
Debía tener 15 o 16 años cuando, mientras desayunaba con mi madre y mi hermana, el suelo comenzó a moverse. Fue una sensación muy extraña. Mi padre entró apresuradamente y dijo: "Ha sido un terremoto". Debió originarse a considerable distancia pues las sacudidas fueron lentas y no demasiado fuertes. A pesar de los intentos que se hicieron, nunca se encontró con exactitud dónde se situó el epicentro. Esta fue mi única experiencia con un terremoto hasta que veinte años después me convertí en sismóloga.
Cuando trabajaba en casa, Inge solía salir al jardín cargada de cajas de cereales donde guardaba meticulosamente fichas de cartón con datos de un gran número de sismógrafos repartidos por todo el mundo. Mientras examinaba sus fichas, tomó un sorbo del té que se preparaba todas las mañanas y levantó la vista hacia un rincón del jardín donde un arbusto desbocado de magnolias estaba invadiendo el espacio de una pequeña fuente. Ese arbusto necesita una poda urgente, pensó.

Se encontró con unos datos que la tenían perpleja. Existen dos tipos de ondas principales de un terremoto, las P y las S. Las ondas P exhiben su vibración en la dirección en que se propagan, mientras que las ondas S vibran de manera transversal a su avance. Esta característica marca una diferencia crucial entre ambas ondas. Las dos se propagan a través de medios sólidos, pero las P pueden hacer algo de lo que no son capaces las S: propagarse a través de líquidos. Esto significa que, ante un terremoto de suficiente magnitud, las ondas sísmicas pueden registrarse en determinadas partes del planeta y no en otras.

Modo de propagación de las ondas P (superiores) y las ondas S (inferiores).
En las proximidades del epicentro pueden detectarse ambos tipos de ondas, pero a las antípodas sólo llegarán las ondas P que pueden propagarse por el núcleo líquido de la Tierra. Como en el vaso de té de Inge, la cuchara de su interior parece quebrarse por la refracción de la luz al atravesar diferentes medios. 






Así, el núcleo líquido de la Tierra enfoca las ondas P de modo que habrá áreas en el planeta en las cuales no se detectaría ninguna onda, las llamadas zonas de sombra.



Por las características de propagación de las ondas P y S, se producen zonas de sombra entre 105 y 140º desde el epicentro.

Y esta era la cuestión. A Inge le extrañaba que hubiera ondas donde no debía haberlas. A estas zonas de sombra llegaban algunas débiles ondas P. Levantó la vista de sus fichas y volvió a mirar el magnolio. Se había levantado algo de viento que mecía sus ramas cuando, en una ocasión, la racha de aire fue lo bastante fuerte como para que una de sus hojas se metiera en la trayectoria del surtidor de la fuente. El agua, desviada al chocar con la hoja, acabó donde no debía estar: derramada fuera de la fuente.

Inge abrió los ojos como platos. Esta era una posible explicación. Las ondas P podían ser reflejadas hacia la zona de sombra por una capa sólida. Quizá, y a pesar de las altísimas temperaturas reinantes en el núcleo, puede que no todo él se encuentre en estado líquido.


Si un terremoto marcó su vocación siendo adolescente, otro oportuno temblor puso a prueba su hipótesis. El 17 de junio de 1929 golpeó Nueva Zelanda con una magnitud de 7,3 y las ondas P refractadas (que denominó P') confirmaron su idea. Una nueva frontera, a más de 5.000 km de profundidad, diferenciaba el núcleo interno sólido del externo líquido.

Las paradojas frecuentaban la vida de Inge. El auge de la sismología llegó cuando, tras su jubilación en 1953, la motivación dejó de ser geológica para pasar a estratégica: vigilar las explosiones nucleares que realizara el enemigo durante la Guerra Fría. A lo largo de su extensa trayectoria, la continuidad de su trabajo puso de relieve las discontinuidades en las profundidades de la Tierra.

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Esta entrada participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVcienciaymujer.

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