Pianolas para la guerra (I)

Desde que la conoció, quedó embelesado por su ingenio y belleza. Vio por primera vez a Ulrike von Levetzow dos años antes en el balneario de Marienbad; mantuvieron correspondencia desde entonces y cuando coincidieron de nuevo, a pesar de sus 74 años, Wolfgang von Goethe pidió la mano de la joven que aún no había cumplido los 20. Ulrike rechazó de plano la propuesta de matrimonio y la devastación que invadió a Goethe le hizo componer uno de los poemas más conmovedores de la lengua alemana, Elegía de Marienbad, el amargo lamento por el que sería el último amor de su vida. Comenzó a escribir el poema el 5 de septiembre en el carruaje que le llevaba de regreso a Weimar y lo concluyó en la Gartenhaus, su Casa del Jardín, el 12 de septiembre de 1823.


Johann Wolfgang von Goethe. Wikipedia



Ulrike von Levetzow. Wikipedia



Gartenhaus de Goethe en Weimar. Wikipedia


En ocasiones, maravillosas obras surgen de parejas imposibles; en otras, de parejas improbables. Uno de estos vínculos que la estadística no suele favorecer se dio en el Hollywood de la década de 1940. George Antheil, pianista y compositor vanguardista, coincide en una fiesta con su buena amiga la actriz Janet Gaynor que le dice con aire de secretismo:

—George, Hedy Lamarr quiere hablar contigo sobre sus pechos.

—Ya... —responde George con desdén— Lana Turner, Betty Grable y Carole Landis también quieren hablar conmigo.

—¡Pero es que Hedy quiere hablar contigo de verdad!


George Antheil. Wikipedia



Hedy Lamarr. Wikipedia





















George aceptó a regañadientes que se la presentaran y, en honor a la verdad, durante aquella charla insustancial que mantuvieron se cayeron bien. Cuando el pianista se marchó comprobó que Hedy le había escrito su teléfono en el parabrisas del coche con un pintalabios. ¿Qué probabilidades había de que se produjera este chocante encuentro? ¿Qué probabilidades había de que un compositor hiciese correr el rumor de ser especialista en endocrinología, hasta el punto de escribir artículos sobre el tema en la revista Esquire, y que llegase a oídos de una estrella de cine su “infalible” técnica de estimulación de la glándula pituitaria para desarrollar el busto?


El chico malo de la música

El 4 de octubre de 1923 toqué en París por primera vez. […] El teatro, el célebre Champs Elysées, estaba lleno con los personajes más famosos de la época, entre otros Picasso, Stravinsky, Auric, Milhaud, James Joyce, Erik Satie, Man Ray, Diaghilev, Miró, Artur Rubinstein, Ford Madox Ford y muchos otros. Mi piano se situó en medio del escenario, ante el enorme telón cubista de Léger, y comencé a tocar. Los disturbios estallaron casi al instante. Recuerdo a Man Ray dar un puñetazo en la nariz a alguien de la primera fila. Marcel Duchamp estaba discutiendo a gritos con otro en la segunda. En un asiento próximo, Erik Satie gritaba: «¡Qué precisión! ¡Qué precisión!» Y aplaudía.

Así describía George Antheil en su entretenida autobiografía Bad Boy of Music aquel escandaloso debut parisino en el que había programado tres de sus creaciones: Sonata Sauvage, Airplane Sonata y Mechanisms. Aunque afirmaba que “los dedos del pianista son su munición y su arma”, solía sentarse al piano con una pistola bajo la chaqueta por si sus composiciones exaltaban los ánimos de la audiencia. En 1922, y tras una breve estancia en Berlín, se incorporó a la efervescente vanguardia artística de París donde ansiaba conocer a Stravinski. La influencia del dodecafonismo de Schönberg y de compositores afines a la corriente de la Bauhaus estimula sus obras más excéntricas y disonantes. Una de sus obras cumbre, Ballet mécanique, era en su versión original una gigantesca orquestación que incluía dieciséis pianolas, dos pianos, tres xilófonos, siete campanas eléctricas, tres hélices de avión, una sirena, cuatro bombos y un tam-tam. “Es la primera pieza de la historia —afirmó Antheil— compuesta de y para máquinas. Todo percusión y sincronización. Frío como el accionar de las armas. Ritmo y tiempo como soportes únicos de la música”.


Álbum recopilatorio de compositores adscritos a la escuela de la Bauhaus,
con George Antheil entre ellos. La Scena Musicale


La ingeniera innata

Las armas tampoco eran ajenas para Hedy Lamarr. Casada con Fritz Mandl, dueño de una empresa armamentística, era buena tiradora cuando salía de caza en el castillo de Schwarzau, propiedad de su marido. Según contaba, una vez abatió a un ciervo desde 350 metros con su escopeta Browning. Pero más allá del placer de un cañón humeante tras un disparo certero, su vida era insoportablemente aburrida y decidió ponerle fin una noche de 1937. Afortunadamente, no estaba en sus planes descerrajarle un tiro a su esposo filoalemán ni pegárselo a sí misma; le bastó con añadir un somnífero al té de una de las criadas para arrebatarle su uniforme, coger sus joyas y salir a escape en su bicicleta.

Acabó recalando en Londres poco antes de que el cofundador de la Metro-Goldwyn-Mayer llegara con la intención de hacerse con actores y actrices que hubiesen huido de Alemania. Cuando Louis B. Mayer quiso hacerle un contrato a Hedy, ella solo vio a un hombre bajito que le ofrecía hacer películas por unos ridículos 125 dólares a la semana que, por supuesto, rechazó. Pero la idea de una carrera cinematográfica le seguía tentando y decidió intentarlo de nuevo en un entorno más favorable, así que compró un billete para un modesto camarote en el SS Normandie, el buque en el que Louis B. Mayer regresaría a Nueva York. Desde luego, se aseguró de que pudiese verla en la cubierta con ropa de tenis o en traje de baño, y en la segunda noche de travesía entró en el comedor con su mejor vestido de alta costura. A punto estuvieron de descoyuntarse los cuellos de muchos hombres que no dejaron de seguirla con la mirada, incluidos Douglas Fairbanks, Jr. y Louis B. Mayer que compartían mesa. Lo cierto es que antes de que el barco tocara puerto, quien era hasta ese momento Hedwig Kiesler fue bautizada con el nombre artístico de Hedy Lamarr y se cerró su primer contrato por 500 dólares semanales.


(continúa en parte II)

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Esta entrada participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVdesafíos.

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