¿Dónde reside nuestra fascinación por las historias?

Encender un fuego es de las tareas más antiguas y trascendentales que ha realizado la humanidad. Hoy, 800.000 años después de que lo lleváramos a cabo por primera vez, seguimos repitiendo este gesto que nos invita a congregarnos alrededor de la lumbre para otra tarea tan antigua como placentera: contar historias, un vehículo emotivo que nos vincula con los demás y conecta nuestra memoria a la de otros.

Me pregunto dónde reside ese hechizo que nos posee cuando escuchamos una buena historia. La legendaria Scheherezade conocía muy bien ese poder y lo puso en práctica astutamente: sólo salvaría su vida si se transformaba de concubina en narradora. A propósito de Scheherezade, hay historias que no pertenecían originalmente a Las mil y una noches pero que lo merecían. Fue el caso de Simbad el marino, cuento incorporado en torno al siglo XVII, y en el que se comprueba que las historias también comparten memoria entre ellas. Las aventuras de Simbad bebieron de la Historia del marinero náufrago (Egipto, 2200 a.C.), se enriquecieron con pasajes de la Odisea, y es razonable pensar que se inspiraron en las siete expediciones navales que realizó el marino chino Ma Sambao (también conocido como Zheng He) entre 1405 y 1433.

Otra historia que merecería formar parte de la célebre recopilación de cuentos es la que comenzaron a escribir el matrimonio Oskar y Cécile Vogt junto a su discípulo, Korbinian Brodmann. Tenían muy claro que para internarse en tierra inexplorada son necesarias dos cosas: ser intrépido y confeccionar un buen mapa, sobre todo si esta tierra desconocida es el cerebro humano. Estos tres investigadores no podían imaginar que el cerebro fuese un paisaje homogéneo. Debía estar dividido en regiones con funciones diferenciadas como leer, entender el lenguaje o escribir. Brodmann, como un Simbad de la neurología, fue detallando poco a poco la cartografía cerebral en una exploración que le llevó seis años. Las áreas del córtex fueron dibujando sus bordes a la vez que se identificaban, como si nuevos países delimitaran sus fronteras, hasta alcanzar 52 regiones distintas.

En épocas más recientes surgieron nuevos territorios soberanos. Sin hostilidad ni revoluciones, las fronteras se dividieron, se trasladaron de lugar y cambiaron de forma, y el número de áreas creció hasta 83. Pero una última expedición, equivalente a adentrarse en alta mar con una vulnerable carabela de madera, ha aumentado hasta 180 las zonas corticales conocidas. Los navegantes del Proyecto Conectoma Humano han inaugurado un nuevo orden, han abierto un Nuevo Mundo de áreas y conexiones ante nuestros ojos. Nuevas rutas en el océano cerebral que nos acercan al día que logremos circunnavegar por completo ambos hemisferios.


Carátula de “The 2nd Law”, disco de la banda británica de rock Muse, que muestra 
la representación de la conectividad cerebral en base al Proyecto Conectoma Humano.

Quizá la existencia del alma tenga que ver, en el fondo, con todas estas conexiones. Las que conectan las distintas áreas del cerebro, las que conectan entre sí las historias, las que nos unen unos a otros en torno al fuego. Quizá desde ahora comencemos a contar la verdadera historia, la del área 55b, precisamente el área cortical que se activa cuando escuchamos una historia. Comenzaremos a escribir la historia que nos contará por qué a los humanos nos fascinan las historias. 

(esta narración está basada en la charla impartida por José Ramón Alonso en Naukas Bilbao 2017)


Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de octubre 2017, con el hashtag #PVorden.

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